Ella camina sobre mí, con sus pies sucios y sus uñas cuarteadas.
Sin embargo, no me roza, tan solo acaricia mis ásperas mejillas.
¿O ir recogiendo fragmentos lúcidos de Cristo en los rostros de los roedores, de los mansos mascaflores cuya esperanza es tan nimia que no tiene inquietudes: gibosa en su choza mínima, limpia, bajo los tallos de la clemátide?¿La píldora comulgatoria, la marcha junto al agua quieta, el recuerdo?